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28/06/2015 10:06:39 - Rincon Literario

Relato - “Droga…. ¡a mi hijo no!” por Susana Ríos (661)

El silbido me alerta la partida y como animal en celos, salto el alambrado y me alejo indiferente de ese lugar que cada vez me ahoga más Junto a ellos corro hacia las vías, entre las sombras de la noche, donde escondidos fumamos lo prohibido y esperamos comenzar el viaje hacia el oscuro mundo de lo desconocido.
 


Como sediento absorbo sin límite cada bocanada del néctar que me hace flotar y logra anular mi mente, para dejar salir una demencia  incontrolable que me empuja hacia el laberinto sin salida y busco en indefensos transeúntes, la paga que me exige la adicción.
Cuando los párpados comienzan a luchar para liberar la visión de mis ojos, me descubro.
 Un temblor sacude  sin control el cuerpo dolorido y sin fuerza y me doy cuenta  que estoy sobre la camilla de un hospital con las manos aferradas a ella, con metal.
Una neblina se interpone entre los que me acompañan y yo.
Pero la voz pausada de mi madre me estremece llenándome de vergüenza y culpa.
 Trato de ocultar la mirada en la fría pared que me deschava, negándose a ser cómplice de mi delito.
Aprieto los puños para descargar la rabia, pero cuando la mano áspera de ella se desliza  en mis cabellos húmedos, el corazón no logra retener el llanto y como un niño lloro sin consuelo.
La palabra de un hombre le comunica, que antes de las 6 de la tarde estaría en condiciones de salir, solo tendría que esperar al juez de menores para que decida mi destino.
El silencio se apodera del lugar y como un cobarde espío con un ojo, para saber si se ha ido. 
Estoy aterrado, tengo frío, hambre y ganas de salir corriendo, donde nadie pudiera alcanzarme o tal vez he perdido el valor para mirar a mi madre a la cara.
Ella jamás ha dejado de luchar para que sea alguien en la vida, para que estudie o tenga un oficio. Siempre la escuche decir, que el día que anduviera en cosas raras, no le temblaría la mano para encarrilarme y ahora me doy cuenta que hice oído sordo a cada palabra que mirándome seriamente repetía siempre:
“Yo no traje un hijo al mundo para que la droga me lo mate lentamente”…eso lo escuchaba cada vez que salía con mis amigos o que me dejaba solo cuando se iba a la fabrica.

Cierro nuevamente los ojos, escucho los pasos de varias personas y uno de ellos me pregunta enérgicamente.- ¿Cuánto hace que te estas drogando pibe?
Un nudo en la garganta me impide contestar y cuando recorro la mirada en busca de la voz, encuentro el rostro angustiado de la vieja que me mira con indiferencia.
-Señora, ¿usted sabía que su hijo consumía? Le preguntó.- 

Ella contestó con severidad - ¡No señor, jamás pensé que el pudiera hacerme esto!

Yo amo mucho a mi hijo pero, quiero que hagan lo que tenga que hacer para curarlo. Dígame donde tengo que firmar para que lo internen en donde lo rehabiliten, yo solo quiero que se cure. Después dígame cuando puedo visitarlo.


Sin mirarme, mi madre se va detrás del juez y yo quedó en el peor momento, solo y ayudado por dos agentes que me alcanzan las zapatillas y la ropa.

Una y mil veces maldigo a esos chicos que conocí casualmente y creí que eran vivos, porque lo que hacían era lo que necesitaba, pero ahora me doy cuenta que lo único que necesito es abrazarla, pedirle perdón y luchar para ser alguien.


Nada es fácil en este lugar donde cada uno tiene su historia y algunos tratan de curarse o dejarse morir.

Siento que estoy viviendo el peor tramo de mi corta vida, pero se que ésta es la mejor lección para aprender a valorar lo que he perdido y alejarme de ese mundo oscuro que te va arrancando de la sociedad  y te entierra en el cementerio de los vivos.


 Recuerdo que después de siete largos meses de encierro, soledad  y desamor, donde experimente cosas imborrables que me ayudaron a crecer, curarme y sobretodo a agradecer la decisión de mi amada madre, logré salir y volver a verla.


Ella estaba parada frente a la puerta de ese lugar, que un día firmo para que entrara a curarme. Con alegría la abrace fuerte y llorando le pedí perdón. Mientras la espero tomando mi café diario, me sorprendo al pensar, cuantas cosas hemos vivido.
Sin saber porque mi mente trajo hoy, aquellos momentos de tristeza de hace 15 años atrás.


Tal vez porque si ella no hubiese sido tan fuerte y  no me amara tanto hoy no estaría disfrutando de este momento tan importante.

Sobre el escenario de la Facultad de Medicina el joven recibía de la mano de su madre el diploma de Médico Cirujano y las lágrimas de ella se asomaron por primera vez delante de su hijo, que aprendió la lección y que tuvo la grandeza  de llenarla de orgullo.


                                                                                                     Susana Ríos 26-5-15 - Santa Teresita




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